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La frase de que “la vida te pone a prueba constantemente” se convirtió en realidad para mi hace algo más de un par de años. Las circunstancias me hicieron replantearme muchas cosas y casi diría que me obligaron a reinventarme a la velocidad del rayo. Creo que realmente empecé a vivir en ese momento, el momento en el que me di cuenta de que uno debe de aprovechar al máximo sus capacidades y sacarles el partido que se merecen. Creo que yo era consciente de todas ellas, pero las tenía escondidas en mi baúl secreto, ese que sólo le enseñas a tus más allegados y que esconde en su interior algunas piezas que apenas recordabas. Entonces, y consciente de la situación, dejé mis miedos e inseguridades de lado y me lancé a un nuevo mundo lleno de oportunidades para mi. Y a lo largo de este camino libre y limpio he aprendido y absorbido todo lo que estaba a mi alcance. Y aún hoy sigo en constante proceso de aprendizaje y renovación.


Casi de la nada surgió de mi una vocación innata como fotógrafa. Algo que creo que llevaba dentro y que es una de las más hermosas profesiones en las que me podía haber reinventado. Para mi todo es fotografía, y la fotografía es la más pura expresión de amor que existe. Sólo se puede ser fiel y sincero cuando sientes a través de tu lente. Cuando no existe barrera y todo lo que percibes a través de tu cámara te llega a lo más profundo de tu ser y te emociona como jamás hubieses imaginado.

Los fotógrafos buenos, creo yo, no son meros expectadores o captadores, sino que su empatía como cualidad innata les llena y les traspasa el alma. Y ahí es donde se aprecia la diferencia. Los buenos emocionan con sus relatos sin palabras. Y son capaces de hacerte llorar con una simple imagen porque en ella transmiten la verdad de la historia acompañada de un pedazo de su alma.


Camino, aprendo, amo, siento, me siento y percibo, respiro, observo, sonrío, me río y lloro. Y entonces, vuelvo a sonreir.

Pero ya no me escondo. Ya no. Ahora soy por fin yo. Puede que incompleta, pero yo al fin y al cabo.